
Intervención digital sobre imagen publicada en internet
Tiene que parecer un accidente – pensó Pedro – un accidente perfectamente accidental – mientras veía en su mente los duros ojos de María. Los últimos años habían sido malos. Sólo peleas entre ellos. Malos trabajos con muchas horas y poco para llevar a casa. Llegaba tarde. Muy cansado. Pero no alcanzaba. No alcanzaba a jugar con sus hijos, ni a educarlos, ni siquiera a alimentarlos bien. Eres un fracasado – le había espetado María una de esas tantas noches de recriminaciones. Sin saberlo, ella le había dado la idea – ¿Para qué seguir pagando ese seguro de vida? No fracasaré – pensó mientras aceleraba fuertemente.

Cuando Milton llego a su casa ya eran pasada las diez de la noche. Esta era su hora acostumbrada de llegar después de casi 15 horas fuera de su hogar, entre las diez horas de trabajo mal remunerado que tenía, alguna diligencia personal que hacia después del mismo y el tiempo en el pobre transporte público que había en su país. Esa noche algo en el había diferente, su mirada, su silencio, hasta su olor no era el mismo, pero la escena que encontraba en su casa si lo era. Laura siempre estaba en su cama descansando después haber llegado igual que el del trabajo con la diferencia que a ella le tocaba, cocinar, arreglar la casa y estar con su hijo de 12 años ayudándolo en sus tareas escolares. Normalmente ya a las diez de la noche el chico estaba dormido y ella había terminado sus quehaceres y se retiraba a su cuarto a ver un poco de tele y esperarlo. La comida de su marido como siempre estaba servida en la cocina dentro del micro ondas lista para calentar.
Milton no entro a su cuarto como era su rutina, hizo un primer alto en la cocina, de allí fue a su recamara aun en ese silencio mudo que solo entendía él… y vio a su mujer acostada, esperándolo con una sonrisa hermosa, un beso y un abrazo que se quedaron flotando en el tiempo. El solo se abalanzo contra ella y la apuñalo hasta dejarla sin vida.
El resto de la historia salió en los diarios de la mañana… como una cifra más por la violencia de género.
Se acerca despacio, casi en puntillas, entra en la habitación, está en penumbras, no se escuchan ruidos, agudiza su oído, avanza por ese pequeño pasillo, se encuentra ya en ese dormitorio todo oscuro, todo silencio.
Silencio que penetra en su alma, alma de niña aún pero que ya sabe. . .ya sabe lo que ahí pasó. -- -¿Puedo pasar?- pregunta-. Es tan imperceptible su voz que teme que no la hayan escuchado. Se equivoca; sí, alguien responde: -Pasa-...
Ahí esta tendida en la cama, sin moverse sin hablar, como si no respirara. Se arrodilla a su lado.
Toma la mano de aquella mujer, no sabe que hacer, la acerca a sus labios, la besa, sus lágrimas caen como pequeños cristales.
¿Por qué? ¿Por qué estas así? No puedes más con esto, por favor vámonos, huyamos lejos, yo te quiero.
La mujer la mira, quiere decir algo no puede, sus labios están hinchados, de sus ojos salen lágrimas.
Lágrimas de dolor, de espanto, de angustia, qué puedo hacer, creo que es demasiado tarde...
La niña llora, se acerca trata de acomodarla y ve con horror como está de golpeada esa mujer.
sus senos fuente de vida, están de color violeta, sus brazos magullados, llora, llora, vámonos...le dice ya no se puede más.
Camino al hospìtal, piensa...¿El hombre, que te ama , que te protege, puede dañar así?
Hoy, sentada en esa sala de fríos pasillos con aires de misterio,con aroma a soledad...de pronto , escucha pasos, ese hombre de inmaculado delantal blanco se acerca, su voz la trae al presente, han pasado treinta años.
Con voz serena y pausada le explica: -La señora ya está en sus últimos momentos, ahora solo hay que esperar y que esté lo más tranquila posible,sólo le puedo decir que ya no tiene dolor-. Y se aleja.
Ya no tiene dolor, quedó pensando,dijo ya no tiene dolor, qué sabe él , qué sabe si ella ya no tiene dolor, si toda su vida estuvo llena de dolor, de abuso de maltrato de golpes, que herían la piel, pero que desgarraban el alma.
La piel cicatrizó, su alma se destrozó, su corazón se congeló y su risa se borró para siempre.
Aquellos ojos color canela, ya se cerraron para siempre, pero siento que ella los cerró hace treinta años cuando en nombre del amor su vida cambió.
Sabía que estaba en un sillón, pero también sabía que estaba en aquel lugar íntimo, donde los colores son más intensos, y yo, estaba a tu espera, en la cómoda hamaca amarrada a dos árboles. Tu venias caminando hacia a mi y al verte me emocione, de compartir contigo en mi jardín secreto, nos abrazamos y aquellas imágenes de la cruda vida real que llevábamos, se esfumo, ya no existía la sangre en mis labios golpeados, ni lo moretones en toda mi cabeza, ni la marca de tus dientes en mi piel, ya no existía tu rabia, ni tampoco la mía por no defenderme. Solo existía el perdón.